Un duro golpe para los negacionistas

03/Abr/2017

Página 12, Por Horacio Bernades

Un duro golpe para los negacionistas

“Denial”, la película dirigida por Mick
Jackson narra la historia del juicio que le entabló el escritor filonazi David
Irving a la historiadora estadounidense Deborah Lipstadt por haberlo mencionado
en un libro como negacionista del Holocausto.
Fue la historiadora estadounidense Deborah
Lipstadt la que acuñó la idea y la categoría de negacionismo del Holocausto, a
propósito sobre todo de un grupo de historiadores de distintos orígenes que
sostenían que el plan de exterminio nazi, los campos, las cámaras de gas y los
seis millones de asesinados durante la Segunda Guerra eran una invención. Lo
hizo en su libro Denying the Holocaust: The Growing Assault on Truth and Memory
(“Negando el Holocausto: El creciente asalto sobre la verdad y la memoria”),
publicado en 1994 y asombrosamente no traducido al castellano. Uno de sus
principales acusados allí era el historiador no académico (jamás puso un pie en
la facultad) David Irving, asumido como nazi para los suyos pero no para el
resto del mundo (no era cuestión de perder lectores, su principal fuente de
ingresos hasta entonces). Ofendido por su inclusión en el libro de Lipstadt, el
célebre Irving (varios de sus libros fueron fabulosos best sellers) la llevó a
la Corte, así como a la editorial Penguin Books, bajo el cargo de libelo.
Tras el juicio, celebrado en 2000, Lipstadt
escribió un libro llamado History on Trial: My Day in Court with a Holocaust
Denier (“La Historia llevada a juicio: mi día en la Corte con un negador del
Holocausto”). En ese libro se basa Denial (“Negación”), producida por la BBC,
escrita por el prestigioso guionista y dramaturgo David Hare (Plenty, Las
horas, La lectora) y dirigida por Mick Jackson, realizador británico cuyo
trabajo más conocido sigue siendo, quiérase o no, El guardaespaldas (motivo,
seguramente, de que después haya quedado casi exclusivamente confinado a la
televisión). La exquisita Rachel Weisz hace de Deborah Lipstadt (una elección
bastante curiosa, habida cuenta de que Weisz es británica), un Timothy Spall
bastante adelgazado de David Irving, y Tom Wilkinson, de uno de los abogados
defensores. Tras su estreno en octubre del año pasado, la plataforma Qubit.TV
la ha incorporado recientemente, pudiendo accederse a ella por el pago de una
mínima suma extra. “Yo soy David Irving, señorita”, dice el hombrón parado a
mitad del anfiteatro en el que Deborah Lipstadt está dando una conferencia. Tal
vez respetando la regla dramática que indica la conveniencia de que en una
película de duelo empiecen ganando los malos, en ese primer encuentro vence
Irving 1 a 0. Tiene a favor el efecto sorpresa, que hace que su rival no pueda
salir de la turbación y rehúya el debate. Peor aún: mostrando más orgullo que
inteligencia, Lipstadt niega públicamente el debate al negacionista, en forma
definitiva. Cualquiera, empezando por el propio Irving, presentado como un tipo
de alta velocidad mental, podría acusar a Lipstadt de poco democrática. Lo cual
en esta batalla sería mortal. Lo que salva a Lipstadt es el juicio promovido
por su rival, que permite a la historiadora rodearse de un dream team legal.
Dos dream teams, en verdad. Dos abogados y dos equipos de investigadores, uno
para estudiar en detalle los escritos del acusador y otro para leer sus diarios
personales. Por su lado, el no muy modesto Irving decide representarse a sí
mismo, suponiendo tal vez que aplastar a su colega (¡apenas una mujer, al fin y
al cabo!) será pan comido.
Otro punto de torsión clásico de los films
de boxeo (o lo que es lo mismo pero trasladado a las palabras, los de juicio)
es el momento de la trompada que tumba al héroe y daña a su esquina. Aquí ese
punto es el momento en que Irving revierte un “gancho” del prestigioso
historiador Richard Evans, integrante de la defensoría, contestando con un jab
que deja temblando a su rival. Mr. Evans presenta una serie de fotografías,
explicando en detalle el procedimiento por el cual se esparcía el Zyklon B en
las cámaras de Auschwitz. Irving replica que nunca nadie vio ningún agujero en
el techo de las cámaras, por lo cual no existe ninguna prueba de que se hubiera
gasificado a nadie. A la mañana siguiente los diarios tienen su titular servido
por el marketinero David Irving, imposiblemente más eufónico: “No holes, no
Holocaust”. “No hubo agujeros, no hubo Holocausto”.
Pero ya se sabe cómo son las películas de
box y de juicios: están llenas de volteretas dramáticas. Desde ya que Denial no
es la excepción, hasta el punto de que el juicio a Deborah Lipstadt terminó
resultando un duro golpe para los negadores del Holocausto. A más de uno el
tema le resonará en relación con episodios y declaraciones de funcionarios del
actual gobierno argentino. Que los desaparecidos no fueron 30.000, que Anna
Frank “escribía sobre lo que quería” y fue víctima de “una dirigencia que no
fue capaz de unir”. Deborah Lipstadt tiene una definición para casos como
éstos: negacionismo blando. La película es realmente moderada en relación con
Mr. Irving, de cuyo gusto por la provocación da cuenta con cuentagotas. Cuando
sostiene, durante un acto de sospechosa audiencia, que “en Auschwitz murieron
menos mujeres que en el asiento trasero del auto que cayó a la isla de
Chappaquiddick” (refiriéndose al accidente en el que a fines de los 60 murió
una joven acompañante del senador Ted Kennedy) y cuando, durante un mitin
celebrado en Alemania, el historiador amateur reivindica, en alemán (lo hablaba
perfectamente) al criminal de guerra Rudolf Hess.
Vale la pena revisar, aunque más no sea a
vuelo de pájaro, los hechos más salientes de la vida y obra de Mr. Irving.
Nacido un 24 de marzo (¡!), según su hermano mellizo a los 6 años ya hacía, de
puro bromista, el saludo nazi. Siendo estudiante terciario escribió, en una
revista estudiantil, que Hitler había sido “la mayor fuerza unificadora europea
desde Carlomagno”, además que el apartheid sudafricano “no era suficientemente
severo” y que la prensa británica “pertenecía a judíos”. No muy fanático de la
precisión, publicó en su primer best seller (1963) que en el bombardeo aliado a
la ciudad de Dresde murieron entre 100.000 y 250.000 civiles. En ediciones
posteriores bajó a la mitad, y estimaciones actuales estiman la cifra entre
25.000 y 35.000. El opus magnum de Irving es Hitler’s War (y su continuación,
The War’s Path) dedicados a mostrar al líder del Tercer Reich como un político
racional y a exculparlo del asesinato de judíos, sosteniendo que Hitler no
estaba al tanto, y que los verdaderos responsables de la Solución Final eran
Himmler y Heydrich.
Pero lo más lindo son los últimos años. Tras
ser puesto un año en prisión en Austria por “trivializar, minimizar y negar el
Holocausto”, tuvo que empezar a rebuscárselas como fuera, luego de haber vivido
una vida de lujo, producto de sus fabulosas ganancias editoriales. Se dedicó a
vender chucherías hitlerianas y libros (propios y ajenos) por Internet, así
como a organizar tours en lo que alguna vez fue la Wolfsschanze (“guarida del
lobo”) de Hitler, en la antigua Prusia Oriental. Los tours incluyen la opción
de visitar “un verdadero campo de la muerte”, acompañado de charlas de
“expertos en la auténtica historia”. Cyberlibrero y guía necroturístico: el
final del otrora temible David Irving parece el de un feroz cuento satírico.